Pintor y diseñador, Carlos Silva asistió por un breve período al taller de Vicente Puch y a partir de 1955 se inclinó hacia la pintura no figurativa. Conocedor de los textos teóricos de Vassily Kandinsky, Max Bill, Piet Mondrian y Tomás Maldonado, Silva posiblemente haya quedado impactado —como muchos artistas de su generación— con la exposición de Victor Vasarely realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes en 1958. Su obra se orientó hacia las indagaciones de los fenómenos ópticos y la percepción visual: utilizó la repetición de formas simples de colores, como círculos o puntos, distribuidos sobre la superficie en forma de trama. Mientras que, en algunas obras, estas tramas crecen o decrecen hacia el centro de la composición y generan ilusión de espacialidad, en el caso de la obra de la colección Pirovano, el artista utilizó una cuadrícula casi imperceptible y dispuso sobre ella pequeños puntos y pinceladas con sutiles variaciones cromáticas. La obra recrea reminiscencias textiles que pueden pensarse como una reflexión metalingüística en relación con el soporte pictórico.
Fuente: GARCÍA, María Amalia, Ed, Legado Pirovano: la colección Ignacio Pirovano en el Moderno, Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, 2017.