Esa ciudad de Roma que más allá de su racionalidad voluntaria trasciende el mundo involuntario de sus espacios consagrados, de sus piedras transidas de historia, de las entretejidas cabelleras de sus pinos, del aire fino que traza danzas circulares en torno a sus columnas, tiene como ingrediente más sutil a los artistas que la han vivido y la han amado.
Obra de siglos desesperados, -todo siglo contiene e la desesperación exaltada de su término-, la ciudad de los mármoles cambiantes y del agua fría y transparente, afirma en su unidad lo que es imprescindible para el artista: la felicidad de creer con fervor en la presencia de las cosas y de los hombres, amarlos como se ama la propia vocación.
El hombre que se llama Anatole Saderman, cuya capacidad de amor viene a ser confirmada por su infinita paciencia para modular la luz que rodea las cosas, ha descubierto que en la comunidad romana el artista no es, simplemente, una unidad gregaria, sino que integra la suma de sus recuerdos devenidos experiencias. Sabe que más allá de lo aparente está la circunstancia, a ella se adhiere con una actitud compuesta de ternura y generosidad, en un gesto que al convalidar, proporcionándolos, juicio e imaginación, da a los hombres y a las cosas los aromas que les son particulares.
Ninguna de sus fotografías es una anécdota, sino la constancia de un hecho al que considera con simpatía e indulgencia. Es así como uno se encuentra, de pronto, ante el misterio que está, ahora develado, entre el objeto y la forma, irradiando asombro.
Estas son las horas, la atmósfera, la vibración, el aliento de los días romanos de Anatole Saderman, transeúnte de luces extremas, que buscó allí como lo ha hecho aquí durante largos años de devoción y sabiduría, la manera de explicarse por conmovedoras imágenes, esa intimidad que la urbe, multitudinaria o contradictoria, siempre contiene. De ahí podemos deducir las causas que informan la inmensa belleza de estas fotografías únicas.
Los artistas de Roma, todos los que la construyeron, los que la manifestaron, los que de cualquier parte de la tierra se incorporaron a su mundo siempre radiante, inhabitual, serán felices de contar entre ellos a Anatole Saderman, artista de Roma, que expone aquí su eterna, variada hermosura.
Román VIÑOLY BARRETO
Texto del folleto de la exposición Saderman.