ANA MARIA MONCALVO
Un sentido de paciente artesanía anima a todo grabador de raza. Hay una constante y enamorada intimidad con elementos de venerable origen que alejan al artista de los arrebatos fáciles, de las improvisaciones y los caprichos que, como en el caso de la pintura, son tan comunes en nuestros días. Dijérase que la natural complejidad del oficio obliga a la concentración manual antes que la expresión, y que sólo cuando el grabador domina ciertos alquímicos secretos, y devela con pulso certero la calidad de cada material -piedra, madera, metal, etc.- alcanza la justa liberación para expresarse, no antes.
Por todo eso los grabadores en general, y de acuerdo a ese respeto por los valores de su técnica, tienen para nosotros prestancia colectiva de corporación, dentro de la cual existen leyes y ciertas condiciones espirituales que el iniciado no puede soslayar si quiere algún día alcanzar la jerarquía de artista del grabado.
En la Argentina hay actualmente un conjunto de grabadores que responden a las características citadas. Ellos contra las ocurrencias y desenfrenos de la pintura actual -cosa esta característica en todo el orbe- han sabido reverenciar los valores permanentes de su arte, sin por eso dejar de ser receptivos de las visiones más audaces, tales, por ejemplo, la abstracción y el informalismo. En numerosas muestras individuales y colectivas estos grabadores han demostrado una calidad artesana de primer orden, y entre ellos, como es natural, se han destacado fuertes individualidades, creadoras de originales visiones figurativas o no figurativas. Precisar la importancia de este grupo de grabadores argentinos modernos no es faena por supuesto de esta nota, pero les interesante señalar que a él pertenece de hecho y de derecho Ana María Moncalvo.
Desde sus primeros grabados de estudiosa conciente de su oficio, Ana María Moncalvo fué revelando un sugestivo mundo de imágenes, simplificadas figuraciones construidas con firmeza, alegóricos temas que acompañan entrañablemente a la poesía -ejemplos los grabados que iluminan los libros “Leyendas Guaraníes” de Ernesto Morales y “Diálogo del hombre y la llanura” de Horacio Jorge Becco-; composiciones encantadoras exaltando valores lineales o armónicos juegos de tintas dentro de la clásica tríada: blanco-negro-gris, y en donde temas figurativos, abstractos y no figurativos son tratados alternadamente pero con un mismo rigor artístico. Su labor como grabadora ha merecido numerosos premios que no vamos a detallar aquí, baste señalar uno de los últimos que honra de manera significativa su labor artística -el gran premio internacional de la VI Exposición de Blanco y Negro, realizada en Lugano, Suiza, en este año.
Con Ana María Moncalvo estamos como se ve ante la presencia de una artista del grabado que llegó a serlo después de haber conocido un largo y lento proceso de iniciación, de intimidad fervorosa con los elementos del oficio. No quiso saltar etapas, ni improvisarse audazmente al reclamo del último grito de la moda artística. Su voluntad de grabadora obedece por eso a una honradez fundamental, a una nobleza espiritual que sus obras -suertes de espejos de su ser- reflejan fielmente. Sí, el equilibrio, la mesura, la limpieza ejecutiva son dones que resplandecen sin esfuerzo en sus grabados porque fluyen naturalmente del mundo interior del artista, porque forman parte de su condición humana. Ana María es lo que graba. Todo arte verdadero no es otra cosa que autorretrato espiritual del artista, es decir, expresiones de un auténtico testigo de la vida, lo demás son complicaciones de la mente, disfraces sutiles o groseros, donde el pseudo artista se engaña y pretende engañarnos.
Toda la obra de Ana María Moncalvo está signada por una sinceridad, por una honradez de propósitos, que la unifica pese a ser tan variada y disímil, es que ella ha sabido no traicionar sus impulsos ni deformarlos frente a las exigencias exitistas o teorizantes de la hora artística que nos toca vivir. Por eso Ana María Moncalvo es para nosotros una artista de buena ley y la vemos formando parte de esa corta pero profunda vanguardia auroral del arte nuevo.
ERNESTO B. RODRIGUEZ.
Texto del catálogo de la exposición Ana María Moncalvo.