exposición

Argentine painting - Pintura argentina

1960

El Secreto de la Pintura Argentina

La pintura argentina ha tardado más que ninguna otra escuela latinoamericana en obtener el reconocimiento de su importancia por parte de los peritos en la materia.

Cuando Malraux visitó a Buenos Aires declaró a su arribo que la pintura con sello original debía buscarse en Méjico, y la arquitectura en Brasil; a su partida, si bien mantuvo la última afirmación, corrigió la primera al admitir que nuestros pintores constituían una realidad de inigualada magnitud en el continente.

¿Cómo es posible que un movimiento tan fundamental del arte contemporáneo haya pasado inadvertido durante tanto tiempo, al punto que ni figura en obras tan recientes como la "Historia de la pintura moderna", de Herbert Read?

Burdas y sutiles son las razones que explican este raro fenómeno.

No vale la pena detenerse en las primeras, entre las que descuella la vacilación de la crítica de nuestro propio país, tal vez disculpable en la medida en que debió afrontar un problema de no fácil captación, y así pasamos al meollo de la cuestión: la complejidad del espíritu argentino al que los artistas deben dar expresión hasta lograr el plano de lo estético.

Todo arte es "expresión' de una personalidad y deberá tener ribetes particulares que avalen la propia fisonomía.

No existe dificultad para identificar así al arte mejicano o al norteamericano o al mismo de la Escuela de París, a pesar del cosmopolitismo de sus integrantes: tienen el sello de los que adoptaron la atmósfera de Francia como vehículo de su espíritu creador. En el caso argentino, la primera confrontación produce un invariable desconcierto, la sensación de hallarse frente a una tal diversidad de modalidades que el observador fácilmente desiste de encontrar el denominador común y concluye apresuradamente: el arte argentino no existe como tal, tratándose de “formas derivadas” que acusan lo que muchos se atreven a calificar de falta de autenticidad: una máscara que el argentino parece nunca quitarse. Algo de esto fue detectado y mal interpretado por Ortega y Gasset y otros ilustres visitantes.

Cómo conciliar el realismo social de tono americano indigenista de un Gómez Cornet, de un Castagnino, donde ya aparece mezclado con factores itálicos, como en Portinari, o de un Alonso de raíz hispánica con el figurativo "dolcissimo" de Raúl Soldi, la imaginería de gran titiritero que debe mucho a Cataluña de Juan Batlle Planas, el entronque de Luis Barragán con la austeridad castellana, de Presas con la gracia gallega, y lo mismo podría decirse de los abstractos: el constructivismo de Forte con apariencias de Nicholson, pero mucho más cerca en espíritu de Morandi; Macció, Peluffo y Chab, integrantes del grupo Phases, que capitanea el crítico Llinás con los ojos puestos en, una Europa refinada, Polesello geometrizando con una paleta mediterránea, Pucciarelli siguiendo las experiencias de Tapies y Cuixart, Viola queriendo emparentar con los holandeses. Ramos de los Reyes muy arraigada en lo español; en este sentido el que quizá represente un brote más sui géneris sea Luis Centurión, lo que no sabemos si lo coloca como el más o el menos "argentino" del grupo, y así retomamos el dilema en toda su abstrusidad: ¿existe el "yo" distintivo detrás de tantas "influencias”?; paternidades tan heterogéneas y contradictorias ¿han producido una prole que merezca en privilegio la herencia del castillo?

Y es aquí donde hay que aguzar la visión, y la visión intelectual, para percibir el lazo que une a todas estas individualidades.

Por de pronto, y digámoslo ya, existe una “calidad” pictórica sobresaliente que caracteriza a cada uno de estos artistas; todos ellos están altamente preocupados por el empleo de los medios expresivos; la destreza en algunos casos como en Batlle Planas, el dibujo de Alonso o los efectos lumínicos de Presas llegan al virtuosismo; hasta en aquellos que podrían parecer los más toscos, como Barragán o Centurión, la inspección detenida los revela consumados maestros en la factura pictórica; tal vez no se lo hayan propuesto, pero el “medio” los ha obligado a esa perfección ejecutiva. En pintores como Chab, Peluffo o Pucciarelli sorprende este dominio cuando se tiene en cuenta la juventud de estos artistas, sin hablar de Polesello, que acaba de cumplir los veinte años.

A esta primordial característica, que es ya un rasgo distintivo de nuestra pintura y que habla de madurez hasta cierto punto incongruente con la supuesta “juventud” de nuestro carácter, habremos de agregar el fuerte individualismo que supone la negativa a someterse a ninguna forma particular de expresión; cada artista opta por su problemática, y parecería que el terreno es apto para el desarrollo de las más diversas premisas; esta extraordinaria diversidad de planteos es también una característica esencialmente argentina; basta ver si esos planteos están debidamente digeridos, adaptados al “humus” local.

Y aquí entramos al más sutil de nuestros perfiles: ninguna de las raíces señaladas para cada pintor aquí presentado llega a quitarle la posibilidad de ser él mismo: ya tengan su antecedente, como los Phases, en la Europa refinada, ya en la imaginería española o la paleta mediterránea, toda esta información ha padecido una metamorfosis de adaptación, ha sido llevada a un desprejuicio típicamente nuestro. Trátase de un acento, una modulación especial, en que la vieja palabra adquiere un nuevo significado: el surrealismo ya no es aquel surrealismo, es otro diferente, y lo mismo puede decirse del informalismo, del arte social o del geometrismo; el artista argentino le ha dado con aparente modestia un giro original en que la idea resulta más nítida, más cortante, más depurada: un espíritu critico casi enfermizo le ha quitado toda espontaneidad; hasta nuestros “naive” como Centurión son “naive” de “vuelta” y no de “ida”. Somos el pueblo menos inocente del mundo, y esto asoma en nuestro arte: el argentino crea después de haber soportado todas las risas, incluyendo la propia, y eso le da una extraña fuerza al resultado de su obra; podría decirse que no espera nada de ella; en este sentido difícilmente haya un carácter más existencialista que el nuestro.

Sabemos de la gran vanidad de todo lo que existe bajo el sol, pero levantamos nuestro himno depurado al máximo, intuyendo tal vez que en esa lucha que ofrenda ese gran derrotado que es el hombre está paradójicamente el secreto de su victoria.

RAFAEL F. SQUIRRI
Director del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

Texto del catálogo de la exposición Argentine painting - Pintura argentina.
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