La pérdida de la inventiva plástica no es, por cierto, uno de los riesgos menores que corren las artes en estos tiempos confusos. El dominio de lo fantástico perteneció desde siempre a los artistas, quienes hicieron de él un espejo de las ilusiones, las esperanzas, los ensueños, y también los terrores del recreadora de un alma humana. A esa clase de artistas pertenece Carolina Muchnik, creadora y recreadora de un mundo alucinante, misterioso, frente al cual puede legítimamente hablarse de magia.
¿Surrealismo? ¿Expresionismo? ¿Para qué encasillar, en todo caso? ¿Por qué no aceptar llanamente esta visión de un artista, sin preocuparse de otra cosa que de sus valores plásticos? Porque es allí donde debe buscarse el secreto de una pintura tan intensamente expresiva, tan eficaz en su transmisión de imágenes terribles, veces un poco perversas, a veces hasta con un toque de humor dentro de su atrocidad. Si es verdad -como insisten todos los grandes críticos exégetas e intérpretes del arte moderno- que la plástica contemporánea no sólo aspira a reflejar sino también participar de las angustias, los temores, las catástrofes y también -por descontado- las alegrías de estos años nuestros, ¿cómo no identificar la obra de Carolina Muchnik con una vasta zona de contemporaneidad, donde operan las fuerzas oscuras que la civilización mecánica creyó haber reprimido y que asoman, sin embargo, con fuerza aterradora, donde quiera se resquebraja el tenue barniz de urbanidad que pretende suplantar al verdadero, profundo, hondo respeto del hombre por sus semejantes?
Mas no entraré en el sendero resbaladizo de las interpretaciones de contenido, que han de quedar libradas a la sensibilidad de cada espectador. Sólo deseo llamarle a éste la atención hacia un aspecto de estos cuadros que tal vez quede a primera vista oscurecido por sus siniestros esplendores: y que es el amor, la sabiduría, el fervor con que han sido pintados.
No es común, en momentos en que la pintura se ve invadida por multitud de advenedizos y arribistas que pretenden usufructuar de una liberalidad, de una facilidad, mejor dicho, que es sólo aparente; no es común encontrar a quien trabaje con la apasionada minuciosidad con que lo hace Carolina Muchnik. Aproxímese el espectador a estas visiones atroces y vea de cerca la elaboración minuciosa del color, de qué manera éste ha sido macerado y llevado a una última y depurada exigencia, hasta lograr esta atmósfera que, aunque sombría, es dorada y cálida como la de algunos sueños; observe de los elementos, la utilización del espacio, de las que surge ese silencio pétreo que parece hablar de un mundo arcaico, aparentemente dormido pero peligrosamente vivo. Aunque lo parezca, y aunque la artista no sea quizá cabalmente consciente de ello, nada está aquí librado al azar: todo obedece a las leyes de un mundo tan real, tan atroz y tan lírico como el de todos los días cuando se sabe discernir más allá de las apariencias. Estoy convencido de que este mundo de Carolina Muchnik ocupa un lugar importante en la plástica argentina contemporánea y que de algún modo, superando circunstanciales disidencias puramente formales, perdurará.
ERNESTO SCHOO
Buenos Aires, octubre de 1960.
Texto del folleto de la exposición Carolina Muchnik.