En exposiciones anteriores de Edith Chiapetto, habíamos puesto en evidencia una de las características de sus cuadros, y señalábamos que: "su arte ha entrado en la dimensión de la realidad visionaria, o sea en el trasmundo de la visión de los real". Ahora, siguiendo la parábola ascendente de sus sentimientos, Chiapetto se introduce en el ideal de la maravilla, con sus Visiones de un Mundo Extraño. Aquí lo "extraño", que involucra dos polos (el del rechazo y el de la atracción) se vuelca todo, con afectuosa calidad, hacia el extremo de lo simpático, lo atractivo y lo agraciado. El arte de Chiapetto sigue y persigue las normas de instinto inmortal de lo humano: agradar, y de allí entra en el plano del complacimiento.
Sus visiones, partiendo de la ensoñación interior, son iluminadas, relucientes, aun en las más íntimas penumbras y los más recónditos sobresaltos. Es una pintura que, compuesta con rigor formal y con inmediatez de modulaciones y matices, y sobre todo, con una unidad tonal inobjetable, quiere satisfacer, en la aspiración de una afectuosa convivencia. Es una pintura, pues, para ser compartida en la intimidad de los interiores modernos, como compañera del ensueño, la evasión y la libertad del sentimiento.
Por ser tal, la pintura de Chiapetto abunda en secretas alegorías, en ocultas relaciones míticas y místicas, aun no denunciadas en las titulaciones que argumentan la brillante concertación de su "mundo extraño".
Juan Francisco Giacobbe.
1977.
Texto del catálogo de la exposición Edith Chiapetto: expone óleos.