TERESA
Jaspeada por ciertos aires botticellianos, esta Teresa húmeda, sugerente y porteña transita por el mundo. No se faltará quien se pregunte las razones de su inmutable desnudez. Pues porque no tiene nada que esconder. Diáfana, transparente y purísima como sus abuelas, las madonnas del renacimiento. Teresa pertenece empero y por completo a nuestro tiempo. Un poco pícara, un poco gran señora, su cuerpo se viste y se reviste de blanco, el color donde todo es posible. Sus ojos, entre inquietos y melancólicos, se hunden en la realidad exterior y como las sibilas de la antigüedad, desde allí descifran, aclaran, transmiten. El pelo, musical, en un chaparrón de bien cuidadas notas, o acompasándose en el encanto de una cascada vegetal, cae sobre sus hombros con armonía, en ella que es la armonía. Sobre fondos prodigiosamente labrados, que hacen pensar en la paciencia y en el desvelo de un miniaturista oriental, Teresa teje y desteje calladamente sus historias, insinúa sus promesas o clausura, casi como sin quererlo, su coquetería. Garaycochea tiene ya en ella, y un poco como Flaubert en Mme. Bovary, a su confidente y a su médium. Comprometido con la escarpada técnica de la témpera donde lo dicho, dicho queda, donde es imposible disimular el menor titubeo, la más leve equivocación, tiene además la fortuna de mostrarse perfecto. Sobrio en el color. parco en la línea, seguro en la nitidez del trazo, incluso aventura una suave sombra para acentuar apenas un perfil, para sobremarcar un delgadísimo relieve. O abre ese breve continente de lisura que es el cuerpo al otro, sereno y libre, del blanco exterior, para que el río de esta carne espiritual fluya y se tienda.
Garaycochea creador que pone en Teresa criatura fineza, hermosura, sensibilidad. Teresa, a su vez, que lejos de someterse asume una asombrosa vida propia. El artista dibuja, diseña, colorea, pinta, pero en determinado momento sabe que esta muchacha única sólo hará las cosas que ella quiera, entrevea o desee. Como los hijos, que en la vida eligen su propio camino, Teresa se ha echado ya a andar por los misteriosos senderos de su propio existir. Convendrá seguirla. Porque detrás de su nombre resplandece otro, que sabe de infinitas variaciones, pero que suele responder a quienes saben llamarla, como poesía. Garaycochea poeta, Teresa poema. De aquí más, para ambos, este esa imprecisa sinfonía, de claros y oscuros, que algunos denominan futuro. Y que en el caso de Teresa y de Garaycochea preanuncia luz, alegría, plenitud. Sin las cuales el arte, después de todo, ni habría sobrevivido ni podría seguir sobreviviendo.
César Magrini
Octubre de 1975
Texto del catálogo de la exposición Carlos Garaycochea.