El caso de Bruno Widmann es el de tantos pintores extranjeros, especialmente uruguayos, que incorporamos a nuestro transcurrir artístico con la naturalidad de considerarlo un aporte de aclimatada ubicación nacional, demostrando la fragilidad de las fronteras geográficas cuando quien las vulnera es el espíritu. Su trayectoria, expuesta con regular continuidad en Buenos Aires, hace prescindible, pues, la mención de su origen. Es un pintor rioplatense, y así son esperadas sus periódicas exposiciones entre nosotros.
Esta que realiza en el ámbito de un museo -certificación de esa ósmosis espiritual que mencionamos- constituye un nuevo brote de la cuota de su desarrollo que ya no puede retacearnos. Por eso mismo pueden situarse las características de su personalidad teniendo presente la perspectiva que se prolonga desde sus comienzos. En ese sentido, puede constatarse que nos hallamos ante la fijación de esa etapa que había anticipado en su última muestra, sin que ello signifique poner un dique de contención a su ulterior poder creativo. Pero indudablemente están aquí aflorando con precisión de hallazgos las vertientes técnicas y espirituales de su posición estética.
Desde la imprenta informalista, dosificada con la inteligencia de quien sabe que la materia no es todo el cuadro, hasta la utilización del espacio con las leyes de un equilibrio arquitectónico que sorprende por la audaz libertad con que llega al límite de una tensión que hace pensar en que, de pronto, todo el armazón del cuadro se desmoronará como un edificio conmovido por una revulsión sísmica interna, el cuadro de Widmann concita elementos de esa misteriosa vitalidad que hace perdurable la obra de arte.
Lo más difícil para el arte es ordenar la subjetividad, definir sin equívocos las intenciones, que son propias del instinto; tener, en fin, un pájaro en libertad.
Su paso por el negrismo es una suerte de juego de sortija. No se dejó atrapar por el apasionante señuelo que se esconde en la promesa de que todo será mejor comenzando otra vez de la nada. Pero quien observa esa intromisión alambicada en sus cuadros de ahora, comprenderá que supo encontrar el camino de la revelación sin que lo deslumbrara, y que pudo permanecer sereno y reflexivo frente a los atajos que se le ofrecían para continuar hacia un prometido Eldorado. Y eligió el de la síntesis. Pero no lo confundamos por ello con lo simple, con lo ingenuo mistificado, con lo fácil. Es, por el contrario, la senda más difícil porque se anda con una caja de pinturas que debe renovarse después de cada cuadro.
Algo pasa siempre en ellos. Mejor dicho, algo tremendo ha pasado, como un aluvión, y lo que queda es lo que mantiene la fuerza de raíz suficiente para iniciar una nueva vida. Vientos desolados aventaron todo lo superfluo, y lo esencial quedó como si el mundo recomenzara. Por eso a veces recurre a los toques, ínfimos pero exactos del collage, como quien hubiera guardado bajo siete llaves Ios gérmenes primitivos de la razón de ser de algunas cosas.
Pero es la soledad, la inmensa, la dolorosa, la gozosa, la desesperante soledad del hombre y del mundo la que resuena en sus cuadros como esa música de las caracolas que acercamos a los oídos de nuestra infancia. Porque no solamente el hombre, partícula de infinitud en medio de la multitud humana, es el que está solo a pesar del cierto vaticinio de que pronto habrá que expulsarlo de la Tierra por excedente, sino el mundo. El mundo, que está abandonado a esa soledad interior que en vano quisieron poblar los maraviIlosos medios de comunicación que tiene a su disposición, y el arsenal tecnológico, deslumbramiento de la inteligencia, que puso a disposición de todos nosotros como una promesa que se transformó en una condena. Obsérvese que los cuadros de Widmann, horros de elementos, desnutridos de seres y cosas, se resuelven por dilatados, inmensos espacios vacíos, pero que no obstante nos asolan con la sugerencia de una multitud que avanza y se renueva en cada enfrentamiento. Este extraño contrasentido es la clave sin la cual no se podrá comprenderlo en la magnitud de su vivificación, de la proliferación de racontos emotivos con tan escasos recursos.
No podemos admitir la ingenuidad en medio de este caos de complejidades con que nos enfrentamos. Siempre habrá que desconfiar de la autenticidad de ese éxtasis del "naif" que quiere cerrar los ojos y mirar hacia adentro. Por eso no se quiera encasillar a Widmann en esa latitud porque de su pintura surja una primera impresión de simpleza, de gracia ingenua. Aun cuando el artista no se lo proponga, es una pintura para pensar, y más que ello, para comprender la innecesaria obligación de esos ismos volatineros que se Ilevan tras sí en su inevitable desaparición. Confrontar los planos como lo hace, y generalmente reducidos sangrantemente a lo indispensable, es una lección compositiva que, después del gozo, invita a meditar. Recordamos ahora dos reflexiones que se toman por axiomas, por coincidencia de una misma época, la del nacimiento de la torrentosa corriente modernista, y que en algo se acercan entre ellas, pero que también tienen relación con la pintura de Widmann y nos permiten un tramo más de comprensión. Decía Maurice Denis que ''antes que tulipán o caballo un cuadro es una superficie plana sobre la cual aparecen formas y colores reunidos en cierto orden.' Y por su parte Matisse: "Lo que sueño es un arte de equilibrio, pureza, tranquilidad, sin tema perturbador o que preocupe; que estuviera destinado a todos los trabajadores del cerebro, el hombre de negocios como el hombre de letras: algo parecido a un sillón confortable que le permitiera descansar de su fatiga física." Producida toda la convulsión del arte moderno, aparecen estos cuadros de Widmann uniendo espontáneamente aquellos dos conceptos, pero agregando esa pizca de invención que va todavía más allá de tales propósitos, porque si aparecen respetuosamente en ellos -gozo de la contemplación que quería imponer uno, y respeto por las leyes del cuadro como exigía el otro-, también es cierto que además nos da una versión de esa desesperada soledad del hombre y del mundo de hoy, pero para que no nos olvidemos de la medida nos alcanza la culpabilidad.
De el Widmann que conocimos en Buenos Aires en 1968, cuando iniciaba su contacto ininterrumpido con nuestro medio, a su obra de hoy, hay un proceso para el cual no deseo recurrir a la fácil expresión de evolutivo. A través de esos años, no se puede hablar de depuración técnica, de transformaciones, de perfeccionamiento. Si entre estos cuadros se mezclara alguna de aquellas visiones realistas de playas o el suburbio montevideano, no desentonarían, y sólo nos daría margen para establecer la escala cronológica del crecimiento del hombre, al margen del artista. Widmann no ha cambiado su manera por razones o principios; el que ha cambiado ahora sí -evolucionado es el hombre, en el inevitable proceso biológico al que no puede sustraerse el artista. Y a esa simbiosis asistimos en esta exposición.
Eduardo Baliari
Comentario del catálogo de la exposición Bruno Widmann.