Texto del catálogo de la exposición
Alejandro Virasoro nació en Buenos Aires el 11 de enero de 1892.
Hacia 1920, cuando el arte y la arquitectura modernos conquistaban Alemania o brillaban en los cenáculos de vanguardia de París, Buenos Aires creía seguir viviendo en el cómodo lujo de la belle époque, que sin embargo estaba tan muerta y enterrada como el rococó de las cortes absolutistas. Los arquitectos, más precisamente, languidecían satisfechos en un ingenuo limbo de respetables concepciones académicas, rutinarias, correctas, seguras, consagradas, e irremediablemente anacrónicas.
Contra tal situación arremetió Virasoro. Fue el gran rebelde y el gran revolucionario de la arquitectura argentina de este siglo; y ello porque encontró tanto contra lo cual rebelarse y tanto que revolucionar.
Insistir en esto es imprescindible para comprenderlo y no ver en sus actitudes gestos vacíos o en sus obras formas gratuitas.
El pensamiento que animó su cruzada reformista fue publicado en un artículo que salió a la luz en mayo de 1926 - "pero la peregrina idea de escribirlo me vino en 1922, es decir tres años antes de la célebre exposición de París del veinticinco, con motivo de la cual oí repetir en muchos lados conceptos semejantes a los míos; yo había querido que saliese en La Prensa, pero no me lo aceptaron, y por eso se demoró hasta que pudo hacerlo aparecer en la Revista de Arquitectura"-. El texto se centra primero en demostrar la necesidad de cambio, apareciendo después ciertas orientaciones sobre la nueva arquitectura
Comienza diciendo que - "El progreso de las obras nuevas suele ser tardío y difícil. La gente no se acostumbra a pensar que lo que pasó debe, en ciertos casos, quedar olvidado, o al menos fuera de uso. Se empeña en mantener ideas y hábitos ajenos a las circunstancias actuales" -. Esto es especialmente cierto en la arquitectura, en la cual - “las cosas andan peor que en las otras artes. Si un hombre rico quiere comprar un lujoso vehículo, comprará no una carroza de las del tiempo de Luis XIV, sino un automóvil, y el más moderno que haya; o si quiere atravesar el mar, se embarcará en uno de esos magníficos caps y no en una carabela; y si quiere cazar fieras irá a adquirir una carabina de último modelo, y no una ballesta medieval. Pero el mismo hombre rico, si quiere construirse una mansión va a concertar con su arquitecto un palacio versallesco o un castillo gótico o un alcázar morisco; y en ningún momento se le ocurrirá pensar si esto no es tan ridículo como viajar en una carroza Luis XIV o cazar bestias con jabalina"-.
La culpa la tienen los propios arquitectos porque les falta la capacidad para una renovación, o valor para enfrentar a clientes y colegas. - "Yo hace muchos años que vengo diciendo esto a mis amigos. He sufrido la estrechez de miras del que manda construir y la rutina del que construye; he hecho lo que todos hacen e hicieron y lo que los más seguirán haciendo; copias fieles, puras e híbridas. Sé pues, de qué pie cojeamos" -.
Luego se detiene en incongruencias de la arquitectura del momento que prueban su posición. - "Casi siempre en el frente de las casas de cemento armado se dibujan los fingidos cortes de las piedras que no existen. Ninguna razón estética nos manda hacer esto. Qué necesidad hay de esa ménsula monumental que parece estar sosteniendo esforzadamente un gran balcón, si la pobre es una masa hueca, compuesta de un tejido metálico y un poco de material, y no tiene nada que sostener, sino que allí la ha pegado la desidia y rutina del arquitecto?. La desdichada razón de que un palacio Luis XVI pueda tener todas las comodidades modernas, hace gran daño al progreso de la arquitectura"— Y después una afirmación que podría haber citado Banham: - "lo más moderno lo pone el cloaquero y el empresario de baños; y en verdad que hay en las cloacas y en el baño de las casas modernas más estilo legítimo que en todas las demás partes del edificio".
Sin embargo, los medios no faltan. - "Los recursos materiales, mecánicos y técnicos de nuestra época son de una riqueza, variedad y justeza que ojalá tuviesen correspondencia con los recursos intelectuales. Nuestra vida nos impone mil objetos técnicos e industriales de todo punto nuevos. Para eso hay que hallar las formas ajustadas"-.
Enfatiza la gravedad de la situación diciendo que - "un pueblo que usa de todo lo que la técnica moderna ofrece, pero piensa como si viviera en otro siglo, no merece esa técnica; su pensamiento es inferior a la vida, y solo vive embalsamado de historia y a modo de parásito de una cultura en que no colabora"-.
Por fin llega al punto de mostrar el camino de salida. - "Como puede indicarse el arte nuevo que predicamos? Pués con los temas nuevos y los materiales nuevos”-. Nada más que estos dos pilares para apoyar la nueva arquitectura: temas y materiales; no hay una estética a priori; solo una contundente lógica y un obstinado sentido común. Virasoro arremete demoledoramente contra la rutina académica como lo hicieron todos los iniciadores del movimiento moderno, pero no cae en la trampa en que cayeron muchos de substituir unas formas por otras dejando las ideas básicas intactas. Va derecho al fondo del asunto porque para él no es cuestión de formas nuevas para expresar los nuevos tiempos, sino de una arquitectura nueva para una nueva vida. Un matiz que hace toda la diferencia, y que da a su pensamiento singular actualidad en momentos en que los escritos de los vanguardistas de los años veinte y treinta están perdiendo, por aquella causa, mucho de su prestigio.
Se detiene enseguida en los temas nuevos. - "El noventa por ciento de los edificios de cien años atrás ha desaparecido. En su reemplazo tenemos todas las acomodaciones paulatinas y precarias de la arquitectura a los nuevos temas. Pero estos temas hay que encararlos ahora con sinceridad. Hay que hacer la arquitectura para su tema y no forzar y constreñir el tema a la rutina arquitectónica -”. Habla después de la higiene, de las obras sanitarias, de la ventilación y de los baños, para a continuación analizar - “el cemento armado, que no tiene igual y no lo tuvo en lo que se conoce de la historia. No hay ni ha habido material que ofrezca lo que el cemento armado. Sus posibilidades son enormes. Apenas si estamos iniciando la era del cemento armado. Ni cabe Imaginar lo que va a poder hacerse por él cuando la arquitectura se practique sin las trabas tradicionales"-.
Recién ahora llega a las formas, pero no por un a priori visual sino porque el cemento armado - "impone la línea geométrica y por lo común la recta, e impone el volumen geométrico de ordinario cúbico y a veces esferoidal"-, y porque - "la belleza de una construcción nace del ajuste entre la obra y su objeto; y los objetos, o sea los temas de la arquitectura moderna, exigen planos vastos, líneas simples y masas geométricas -". Si, es una estética; pero una firmemente arraigada en la realidad material de la arquitectura.
Contrariamente a las apariencias la arquitectura de Virasoro no es una de fachadas. Sin embargo éstas, con sus cuidadosas proporciones, sus mesurados toques de ornamentación y su diminuta firma colocada con dignidad en algún rincón poco conspicuo, tienen un sabor muy especial, al punto de podérselas tomar hoy como símbolos de su tiempo. Simplificados, aplanados, desconcertantes para el gran público, estos frentes no pudieron sino aparecer en el mismo momento en que la moda femenina también se simplificaba, se aplanaba el busto y aparecían los cabellos cortados à la garçon. Pero paradójicamente por la mesura y justeza de su diseño no podían ser más clásicos en esencia, por lo que sin saberlo el público tenía mucha razón cuando parodiando la novela de Remarque decía burlonamente: "Virasoro, o sin novedad en el frente".
Hacia 1950 dejó el estudio en manos de sus hijos, no sin costarle la decisión. Desde entonces hasta hoy, salvo un corto período durante el cual vivió en Mar del Plata, donde se vio nuevamente envuelto en alguna actividad profesional, ha vivido en paz, con su mujer, rodeado de hijos, nietos y bisnietos. Está dedicado a pintar cuadros, fantásticos y sutiles combinaciones de colores dispuestos según trazados ocultos y leyes misteriosas, que él llama mis mamarrachos y que amontona incansablemente en cuanto rincón de su casa puede conquistar para depositarlos.
Extractado de Alejandro Virasoro por José Xavier Martini y José María Peña. Buenos Aires 1970, I.A.A.